algo que contar
1. Intentemos mirar.
Llegados al punto en el que somos capaces de reconocer cierto tipo de secuencias armónicas, más o menos, complejas… intentemos mirar lo que representan desde una perspectiva que no sea exclusivamente teórica. Intentemos capturar el sentido de la secuencia armónica de forma direccional, ignorando –si es menester- la propia lógica teórica (aunque esto sea lo último que deberíamos hacer). Pensemos, ¿en qué sentido camina la secuencia? ¿cuáles son los puntos de inflexión… y los de reposo? ¿cuándo empezó a sonar así… antes o después de modular? ¿qué esconden en realidad estos tres o cuatro compases? ¿estamos todavía en el área de tónica?. Se podrían hacer decenas de preguntas como estas y, si lo pensamos con detenimiento, es muy posible que nos lo hayamos planteado poco.
A veces tardamos demasiado en reflexionar sobre ello porque nos ocupa demasiado lo técnico y lo teórico –de lo que no merece la pena ni hablar por lo obviamente imprescindible que es-, y convertimos lo que debería ser un arma creativa en un lastre: no hay perder el sentido de la dirección de la secuencia armónica. Llegados a este punto, intentemos no perder de vista el camino que estamos recorriendo. Asumamos riesgos. Busquemos lo que esconden los acordes, y cual es la razón de que estén ahí. Este es el momento -siempre es el momento-, para una escucha atenta de lo que ocurre: tenemos que conseguir mirar en el mismo sentido que la secuencia. Como decía un excelente músico: “… para construir un buen solo, a veces, lo mejor es contemplar un buen cuadro”.
Yo, con humildad añadiría que, además de un buen cuadro, un buen libro, una buena película, un bello edificio o un amanecer, también ayudan a construir una buena improvisación.